Querida Muerte,
Querida para los que odian la vida, odiada para los que aman la vida. La situación de tu existencia como forma real se hace vigente cuando apareces por sorpresa, y sin que nadie te llame. Es como andar sin tener dos piernas, andas, pero de forma artificial.
En ocasiones me pregunto cual fue tu primer trabajo. Si realmente disfrutas cuando visitas a grandes intelectuales (y no me refiero a gente que tiene un buen trabajo, o que es famosa), si los diálogos existenciales con personas capacitadas para hablar contigo (pero no de ti con otras personas) los terminas siempre tú, o eres capaz de darle tregua a esa vida que te ha plantado cara, y dejarle un segundo intento.
Tu mérito no es llevarte la vida, si no hacerlo sin que nadie se entere. Y no siendo ésta una persona sola, sin nadie, si no teniendo una familia y unos amigos. Pues demuestras que realmente esa vida es una vida que no resulta rentable a los ojos de las personas que son más allegadas, y donde tu crueldad ya no es protagonista, si no que la crueldad protagonista es la de los demás.
Lo realmente importante aquí, es que no siempre vences, y que tu trabajo perfecto no siempre es realizado. Aquel trabajo que es capaz de dejar sin identidad a alguien, anular su nacimiento, con el de su muerte, con tú trabajo, y luego admirar delante de su masa física, como nadie ha sabido que ha vivido.
Una vez, siendo niño, me caí al suelo fulminado. Estuve un tiempo indeterminado en el suelo, sin conocimiento, y aún sin saber porqué. Lo último que recuerdo, es que mientras avanzaba hacía la puerta, mi visión se iba volviendo cada vez más borrosa, para dejar paso a una claridad blanca, que no me permitía ver nada. Y lo más chocante, es que pensé en ti, pidiéndote una segunda oportunidad. Cuando me desperté tenía un dolor muy fuerte en la cabeza, me había dado un golpe tremendo contra el suelo, y aquella claridad cegadora, dejaba paso a una visión normal. Aún no sé si lo que me pasó fue algún problema mío de salud, o simplemente querías tener una conversación conmigo, pero después de años y años pensando en aquel acontecimiento de mi vida, puede decir sin miedo a equivocarme, que estoy preparado para cuando quieras volver a hablar conmigo.
Hoy por hoy, la muerte es lo único que tenemos asegurado. Por encima incluso del bien y del mal, de la religión y de Dios.
Me pregunto si Dios te temerá.
Siempre tuyo,
Alex.